Blog de Héctor Zagal
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Turismo de playa vs turismo de ciudad
jueves 22 de abril de 2010
Blogger: Héctor Zagal
Siempre lo he dicho: el turismo de playa crea empleo, pero no distribuye la riqueza. El popular concepto de “todo incluido” confina a los turistas en los límites de un hotel que, en la mayoría de los casos, es extranjero. Las ganancias apenas se desparraman entre la población local. No sucede así en Europa, donde los turistas recorren las ciudades gastando su dinero en pequeños comercios, restaurantes, museos, alojamientos de Bed and Breakfast.
México, comenzando por el Distrito Federal, debería apostar por este tipo turismo. El centro histórico de la capital federal es bellísimo; podría competir con Madrid o Barcelona. Pero, a pesar de los intentos por recuperarlo, está hecho un asco. Contaré una experiencia reciente.
Desde hace los años 80, enseño historia de la cultura en el bachillerato de donde egresé. Me divierto mucho y, sobre todo, es mi aportación para que este país salga adelante. El nivel socioeconómico de mis alumnos es muy alto; probablemente ellos serán quienes marquen el rumbo de México dentro de unos años.
La semana pasada me los llevé de paseo al centro histórico de la Ciudad de México. Por experiencia sé que suelen conocer Roma, Madrid, Nueva York, pero frecuentemente no han puesto un pie en el centro de Distrito Federal, es más, ni siquiera conocen el metro. Así pues, el paseo tiene para ellos un deje de safari al México oscuro. Antes solía llevarlos al mercado de Sonora para que compraran “el jabón de estudiante”. Un producto mágico que, utilizado en el baño diario, permite aprobar las asignaturas sin estudiar. Ya no lo hago. La zona de la Merced es cada vez más insegura. La última vez que llevé a mis estudiantes a Sonora, estuvimos a punto de ser asaltados. En una pena que un sitió tan interesante se haya convertido en una cueva de ladrones.
Me estoy yendo por las ramas. Regreso a la excursión de la semana pasada. Tomamos el metro en Miguel Ángel de Quevedo; bajamos en la estación Hidalgo. Desde la esquina les mostré la iglesia de San Hipólito, donde se guardaba el pendón con que Cortés entre a México Tenochtitlán el 13 de agosto de 1521, día de San Hipólito. A continuación les enseñé el templo de San Diego y el lugar donde una vez estuvo el quemadero de la Inquisición. Lamentablemente, una mujer policía que estaba extorsionando a un automovilista los distrajo. ¡Ah México!
Cruzamos la alameda central evadiendo el estiércol de los caballos de nuestra policía charra. Los más optimistas de mis estudiantes le restaron importancia al detritus. “También en el Central Park de Nueva York” se ve mugre así.
Casi llegando a Bellas Artes, Iñigo se topó con una anciana que, escondida tras una manta, defecaba en plena Alameda. ¿Dónde están los baños públicos? Simplemente no existen.
A pesar de la mala impresión del comienzo, la visita del Palacio de Correo, de la Plaza Tolsá y del palacete de los Condes del Valle de Orizaba (la casa de los azulejos) ayudo a olvidar las heces humanas y animales.
Enfilamos por la calle de Tacuba. Me detuve frente al antiguo hospital de betlemitas, magnífico edificio del siglo XVIII. Otro incidente.. Una señora le bajó los pantalones a su niño pequeño y lo puso a orinar en un rincón del edificio.
Enfilamos rumbo a Santo Domingo, que estaba en remodelación. Luego, caminamos por la calle de Donceles para ver desde un costado las ruinas del templo mayor. Uno de los chicos se cayó en una zanja mal tapada con unos tablones, justo al lado de la zona arqueológica. Luego, con el alma por el suelo, caminamos por la calle de Carmen, salpicada de comercios informales. Dimos vuelta en Moneda para entrar al zócalo. La magnifica plaza se encontraba afeada, como de costumbre, por una inmensa instalación. En esta ocasión, se trataba del “Museo nomádico”. Visitamos la mal iluminada catedral. ¿Y si pusieran un aparatito para iluminar los altares por unas monedas como hacen en las iglesias de Roma?
Finalmente, comimos en la calle Gante en un “terraza” de un cervecería de supuesta tradición. La calle lucía sucia.
Les expliqué a mis estudiantes que los viajeros de los siglos XVIII y, e XIX, describían a la Ciudad de México como un chiquero inmundo, eso sí, lleno de opulentos palacios e iglesias. Uno de los chicos más avezados preguntó, “¿O sea que no en dos siglos no hemos cambiado nada’?”.








