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El Banquetazo

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Hay tamales oaxaqueños…

martes 2 de febrero de 2010

Blogger: Héctor Zagal

El pasado 6 de enero, me saqué el Niño en la rosca de la Universidad donde trabajo. Ni modo, me tocaron los tamales. Soy cumplidor. Las tradiciones son las tradiciones. Eso sí, no llevé tamales de hoja de maíz, sino costeños.

Conviene variar para no aburrirse. ¿Saben? Mis colegas y yo desayunamos casi a diario tortas de tamal con una señora que se pone en la puerta de la universidad. El atole de fresa le sale espesito, ideal para asentar la telera rellena de tamal. Total que compré para el desayuno de hoy una docena de tamales oaxaqueños. Los prepara mi prima para estas fechas: tamales de verdad, hechos con manteca de cerdo, rellenos de mole negro, con su aceituna, su almendra y su ciruela pasa.

Estábamos devorando alegremente tales exquisiteces, cuando apareció por allí un inoportuno profesor de la Escuela de Medicina y nos arruinó el banquete: “¿Saben cuantas calorías están ingiriendo? ¡600! ¡La mitad de las calorías que una persona de su edad debe consumir diariamente!”

Mea culpa! Sé que no debo desayunar tamales, ni pan dulce, ni enchiladas suizas. Pero mi voluntad es débil. Constantemente rompo mi dieta. Al igual que millones de mexicanos, mi glucosa deja mucho que desear. La diabetes es la principal causa de muerte en México. Nuestro país ocupa el segundo lugar de obesos, y el primer lugar en cuanto a niños con sobrepeso. Estamos frente a un gravísimo problema de salud pública. Eso sí, nadie nos quita el record Guiness de la rosca de reyes más grande del mundo.

Vivimos en el peor de los mundos posibles. En México, el sobrepeso convive con la desnutrición. Padecemos enfermedades propias del primer mundo, junto con las propias de un país subdesarrollado. El sector salud no se da abasto para atender a los enfermos. Basta darse una vueltecita por algún hospital público para darse cuenta del colapso. Las autoridades federales están preocupadas por la gordura de los mexicanos, porque nuestra maltrecha seguridad social no puede atendernos.

¿Por qué somos un país de gordos? La respuesta es multifactorial. Los refrescos y la comida chatarra tienen, por supuesto, mucho que ver. El bombardeo publicitario sobre los niños es inmisericorde. Los hábitos alimenticios del mexicano han cambiado. La comida casera va desapareciendo paulatinamente, sustituida por la comida rápida.

Nuestro estilo de vida, además, es sedentario. Pasamos horas ante la televisión. Es lógico. Los espacios públicos escasean. Las zonas verdes suelen concentrarse en los barrios más acomodadas. Nuevo León y el DF son lamentables ejemplos de cómo las colonias ricas y medias acaparan los jardines. Para rematar, la inseguridad no invita a pasear ni a caminar. La gente pasea, ahora, en los centros comerciales.

¿Bicicleta? Ni pensarlo. Las ciudades no están hechas para ellas. El ciclista, como el peatón, carece de derechos en las junglas de concreto. Seguimos diseñando las ciudades en función de los automóviles. Basta visitar, si no, el elegante rumbo de Santa Fe en chilangolandia para constatar el desprecio por el peatón.

Por si todo esto fuese poco, el sobrepeso y la obesidad tienen un correlato con la posición socioeconómica. Los pobres son más gordos que los ricos. Quienes ganan más gozan de mejores oportunidades de comer balanceadamente, de practicar deporte y de recibir atención médica calificada. El correlato entre salud e ingreso no es algo nuevo. Se trata, simplemente, de un capítulo más del ensanchamiento de la brecha social. Hace unos días, escuché a decir a una señora de la alta sociedad mientras miraba a la calle: “¡Pero que raza tan fea!”. “Ay, señora —le dije— es que el seguro social no hace la liposucción…”

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