Blog de Héctor Zagal
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¿Cuánto vale un policía?
jueves 11 de febrero de 2010
Blogger: Héctor Zagal
El pasado viernes 5 de febrero, día de la constitución, celebré el santo de mi amigo Felipe en su casa. Preparó un delicioso pescadito zarandeado, “a la talla”, con guarnición de “moros con cristianos” y rebanaditas de plátano macho frito. De postre, un pastel de mamey. Descorchó una botella de un tinto de Casa Madero que nos alegró la noche. Bebí, a lo largo de cinco horas, un par de copas de vino tinto. Como soy malo para las desveladas, hacia la una de la madrugada decidí retirarme y, por aquello de la inseguridad, enfilé por el Paseo de la Reforma. A la altura de la calle Sevilla escuché el fatídico sonsonete del patrullero chilango:
—Coche negro oscuro, oríllese a la orilla…
Obedecí dócilmente. Encendí las luces intermitentes. Abrí la ventana de mi auto:
—¿Qué pasa oficial?
—Joven, sus papeles por favor —me ordenó el policía.
—¿Por qué? —pregunté educadamente.
—Joven, se pasó el alto en la esquina. —Me acusó aquel celoso guardián de la ley.
—La vuelta a la derecha es continúa con precaución —respondí.
El hombre, visiblemente contrariado, replicó:
—Sus papeles…
Le mostré mis papeles: todos en regla. Mientras tanto, buitres carroñeros, aparecieron otras dos patrullas. Cuatro policías me rodeaban, intimidándome con sus armas.
Tras revisar los documentos, el agente exploró otra vía:
—¿Bebió, joven? Nos lo vamos a llevar al Torito…—“Torito” es el centro de detención donde acaban los chilangos que manejan en estado de ebriedad.
—Oficial, —objeté— antes de llevarme me deben hacer la prueba de alcohol.
Dos policías revisaban minuciosamente mi auto con una linterna.
—No va a pasar —reiteró.
—Ya veremos. Dos copas de vino en seis horas están permitidas —argüí molesto y nerviosos por la presencia de tres patrullas. ¿Acaso tengo cara de terrorista o de narcotraficante?
—Eso dicen todos… no va a pasar el alcoholímetro —insistió.
—Lléveme. Si no paso, pues dormiré en “El Torito” —repuse.
Los patrulleros, con mis documentos en mano, se alejaron para discutir entre ellos. Tras unos minutos de deliberación, regresaron:
— Aquí adelantito hay un alcoholímetro. Ya avisamos que lo vamos a llevar, pero que conste que le dijimos que no lo va a pasar, ¿eh? —me advirtió el jefecillo.
Tras otro rato de discusión, subí a mi coche y, escoltado por una patrulla adelante y otra atrás, me condujeron rumbo al puesto de control. Un par de cuadras antes de llegar, las patrullas se detuvieron. El patrullero bajó. Lo imité. La escena se repitió. Que si me iban a encerrar, que si tenía aliento alcohólico, que sí quería que me detuvieran… Como me mantuve firme —“el que nada debe nada teme”—, con la certeza de que un par de copas me permitirían aprobar el temido alcoholímetro, aquel patán se descaró:
—Mire joven, le vamos a hacer la mala obra, mejor denos algo para nuestros refrescos, nosotros tenemos toda la noche para estar aquí…
¿Qué hubiesen hecho ustedes? Lo confieso. Cedí ante la extorsión. Aquellos rufianes me estaban asaltando.
Millones de mexicanos podemos contar historias semejantes. Salvo contadas excepciones, la policía deja mucho que dejar. ¿Por qué creen que el ejército está en la calle, cumpliendo con tareas policíacas?
Hechos como el que cuento son la punta del iceberg. Que tres patrullas se atrevan a asaltar a un ciudadano a media cuadra del Paseo de la Reforma revele la putrefacción de la estructura. Tras cada patrullero corrupto, se agazapa un comandante corrupto. Y tras cada comandante corrupto hay otro de mayor jerarquía… y así hasta llegar, me temo, a los más altos niveles.
Estoy escribiendo un libro de ética cívica para secundaria. Debo de explicar las ventajas de vivir en un Estado de Derecho y lo maravillosa que es nuestra Constitución. Así lo ordena el programa de la SEP que, para colmo, prescribe que los libros de texto deben promover el optimismo. ¿Optimismo después de este asalto? ¿Qué optimismo se puede promover entre los padres de los jóvenes recientemente masacrados en Ciudad Juárez? ¿Qué celebramos el 5 de febrero? ¿El aniversario de la Constitución? No me vengan con cuentos.








